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«El Salón de Bioy»

Fui vicepresidente del club cuando lo presidía mi amigo Arturo Cádiz, pero en realidad no tuve actuación como dirigente. Sospecho que integré la Comisión Directiva porque los consorcios generosamente sobrevaloraron mis aptitudes”. La frase aparece, de manera tímida, en el penúltimo párrafo de un texto originalmente publicado en la revista que conmemoró el centenario del Buenos Aires Lawn Tennis Club en 1992, y que luego fue incluido en el tercer tomo de lasObras completas de Adolfo Bioy Casares. ¿Bioy dirigente deportivo a principios de los años 60? Sí, pero mejor pensar su historia con el Buenos Aires como la relación más fiel que tuvo el escritor en su vida, junto con la literatura. Y esta afirmación, si hablamos de uno de los donjuanes más famosos que tuvo la sociedad porteña a lo largo del Siglo XX, no es poco decir.

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Bioy solía escribir sus novelas en el Comedor Principal del Club

El 28 de mayo de 1929, poco antes de cumplir quince años, Adolfo Vicente Bioy fue propuesto como socio del Buenos Aires Lawn Tennis Club, y aceptado el 29 de junio como socio número 587. Junto a sus amigos Enrique Luis Drago Mitre y los hermanos Julio y Carlos Menditeguy el joven Bioy había comenzado a despuntar el vicio del tenis en el viejo club KDT, pero sus progresos hicieron que un salto de categoría fuera inevitable. Y eso ocurrió en 1931, cuando Bioy conquistó el torneo de menores del Buenos Aires.

Pero ese progreso se estancó, y Bioy no llegó a ser el gran campeón de mayores que había soñado ser.

Bioy siguió frecuentando el club, jugando con tenistas de primer nivel de la época como Guillermo Robson, Carlos Lynch o Américo Héctor Cattaruzza, sin ganarles, nos dice, nunca ni un set. También entrenó a Felisa Piédrola, acérrima rival de Mary Terán de Weiss, y a Sonia Topalián. El 18 de octubre de 1960 le confesó a Borges haber asumido “el compromiso incongruente” de escribirle un prólogo a 70 pasos y un latido, un libro de aforismos escrito por Cattaruzza con eficacia no menor a la de los poemas escritos y reunidos por Guillermo Vilas en Cientoveinticincoy Cosecha de cuatro. Borges no dudó: “Hay tanta gente desesperada por publicar. ¿Si le decís que se lo leíste a Adela Grondona y que ella quiso escribir el prólogo? ¿O convendrá más que lo haga Estrella Gutiérrez, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores? ¿Y no podrías persuadirlo de que le pida el prólogo a alguien verdaderamente importante, el presidente del club?” Hablaron después de escribir el prólogo en el estilo de Cattaruzza, pero Borges observó: “Se daría cuenta. Ha de ser vivo. Cuando yo era joven creía que los autores eran tan sonsos como se mostraban en sus libros; son sonsos cuando escriben, porque escriben”. En el prólogo, que finalmente se resignó a redactar, Bioy compara tenistas amigos (Robson, Enrique Morea, Ronald Boyd) con “héroes homéricos” y destaca las ¿virtudes literarias? de su prologado: “Cattaruzza es un escritor, este libro lo prueba; pero acaso él quería, porque no ignora las debilidades humanas, que los otros escritores olvidaran que es tenista. La fama persigue al famoso. Cada cual quisiera un cambio de lugar para el énfasis de su fama, grande o pequeña. Son los amigos los encargados de avivar la llama donde habría que apagarla”.

El martes 23 de mayo de 1961 Bioy da cuenta de una reunión de Comisión Directiva del Buenos Aires. Las reuniones solían empezar a las 20:30 horas y extenderse por una hora y media o dos horas, pero en este caso la duración fue mayor a lo habitual, con el consiguiente perjuicio literario. “Cuando llego a casa, a las doce y media, todavía está Borges, conversando con Silvina, esperándome. Queremos leer cuentos, pero Silvina pone el grito en el cielo: ‘No dormís nada’, etcétera. Lo dejo en su casa”.

Quizás ése haya sido uno de los motivos por los que de a poco Bioy resignó su presencia dirigencial. Los otros, tal vez, fueron los temas discutidos en esta suerte de reuniones, según puede verse en las actas: desde el aumento de los aranceles de las toallas para los socios hasta la incorporación de un masajista en el vestuario masculino, pasando por la financiación de viajes para jugadores juveniles. Jamás lo sabremos a ciencia cierta. De la vicepresidencia de la institución pasó a ser vocal titular, y poco a poco el ítem notarial “Ausente con aviso” iba acompañado, casi siempre, del apellido del escritor. Así lo confirma la carta del 3 de agosto de 1963 que Federico Barboza, por aquel entonces vicepresidente del club, le envió a Bioy, felicitándolo por la obtención del Premio de Literatura Nacional por El lado de la sombra y pidiéndole que continúe en el cargo de vocal “sin obligación de asistir a las reuniones hasta la finalización del período, transmitiéndote así el sentir de toda la Comisión Directiva”. Bioy le respondió el 9 dándole su conformidad, pero el 12 de mayo de 1964, finalmente, volvió a escribir al club para presentar su renuncia. La misma fue aceptada: el club le envió otra misiva, fechada el 26 de mayo, en donde se hace alusión a “motivos invocados verbalmente por usted” respecto de su alejamiento del cargo. “De su paso por la Comisión Directiva del Buenos Aires Lawn Tennis Club sólo nos queda recordar las gratísimas horas vividas en su compañía. Esperamos que en un futuro cercano, obviados los motivos determinantes de su renuncia, podamos contar nuevamente con usted en esta Comisión”, cierra la carta.

“En el 71 llegaron, en dos ocasiones, los más horrorosos tirones en la cintura (…) El lumbago cambió mi vida; tuve que abandonar para siempre el tenis; no volví a montar a caballo; y por un tiempo bastante largo me reduje al analfabetismo: escribir era impensable y la mera tensión de la lectura me reavivaba los dolores; no fui un evidente lisiado; fui un lisiado que circulaba como cualquiera, en el mundo de los sanos”. Así se despidió Bioy del antiguo deporte blanco, pero no del Buenos Aires. El 12 de mayo de 1996 fue nombrado Socio Honorario, en un acto que contó con su presencia. “Me gustan este tipo de actos; es mejor estar rodeado de la gente que uno quiere y conoce que hablar para desconocidos”, dijo en aquella ocasión. Y, para rubricar esta relación eterna, desde septiembre de 2010 el salón principal del club lleva el nombre de Adolfo Bioy Casares. “Sólo transaría para ir al cielo si me aseguraran que allá voy a tener una cancha de tenis”, le señaló una vez Bioy a la revista El Gráfico. Le faltó decir que esa cancha de tenis debería ser una de las tantas del Buenos Aires. Y, por qué no, su Court Central.

Nota: Pablo Strozza